Desde luego:

"No se puede, al mismo tiempo, ser sincero y parecerlo".



André Gide, Prefacio a 'El Inmoralista'

jueves

El Coleccionista de Libros

carta Le he escrito una carta a Melina. En la carta firmo con un nombre falso, he escogido el nombre del coleccionista de libros que ofreció cien pavos mensuales a Henry Miller a cambio de los relatos eróticos que él pudiese escribir. Es una carta soberanamente obscena, era el único modo de asegurarme de que Melina no dejaría de leerla hasta el final.

- ¡Indecente!- exclamó mi madre, que la leyó aprovechando que yo iba un momento al baño.

No le pregunté si el adjetivo iba dirigido a mí o a las cuartillas.

¿Por qué escribo con tanta asiduidad a Melina? ¿Por qué oculto mi verdadera identidad cuando se trata de decirle simplemente que la sigo deseando?

Sabe que la amo. En el amor, el conocimiento del amor es un arma poderosa.

Paso uno: ocultar cualquier rasgo común de mi escritura. Nada que me delate.

En este caso he supuesto que el coleccionista de libros, como todos los cultivadores de la perversión, sería extraordinariamente educado, educado hasta la exasperación. Así que la carta comienza:

“Estimada amiga Melina, Melina mía”.

Cuando yo siempre que no oculto mi identidad comienzo las cartas a Melina del siguiente modo:

“Hola pequeña”.

Paso dos: imitar a la perfección la personalidad del coleccionista de libros.

El coleccionista de libros, una vez que Henry Miller se negó a escribir relatos eróticos a cambio de cien pavos al mes, aceptó los relatos de Anäis Nin, insistiendo siempre en que esos relatos no eran para él, sino para un cliente viejo y rico. Por supuesto, Henry terminó participando en el juego del coleccionista; él y Anäis debieron sacar una buena pasta a costa de un hombre que no existía, o mejor dicho, que suplantaba la existencia de otro, del verdadero (que no cabía duda de que era él mismo).

En mi carta a Melina, el coleccionista de libros (yo) le dice a Melina que ha recibido una serie de proposiciones “poco honestas” dirigidas a ella. Que él (yo) no es más que el encargado de hacérselas llegar a través de la penosa carta que se ve forzado a escribir. y añade: “con cierto resentimiento hacia el hombre a quien represento, por su crueldad y atrevimiento”.

Considero que a estas alturas de la carta Melina se ha encendido uno de sus cigarros de hachís, se ha descalzado y sonríe, sonríe desde el vientre hasta la boca.

Paso tres: descripción de las obscenidades. He decidido emplear el estilo indirecto para que el coleccionista diga lo que dice su cliente, de ese modo, puedo mantener el tono elegante y, a la vez, hacer ciertas concesiones, cuando, por ejemplo, el coleccionista finge haber agotado su catálogo de eufemismos para describir las intenciones del cliente.

Dispersas por la carta, las disculpas que he creído necesarias. Seis o siete, para no romper el ritmo del discurso.

“Me perdonará, sin duda, querida amiga”.

“Oh, Melina, lo que sigue exige del buen gusto el silencio de este viejo, pero la Verdad exige, a su vez, que no lo oculte”.

“Lamento, ¡y cuánto!, que sus ojos sean testigos de este crimen”.

Etc.

¿Por quién deseaba yo hacerme pasar, en este juego de espejos demencial? ¿Por el coleccionista de libros?, ¿por su cliente?, ¿por la propia Melina (adivinando qué descripción le resultaría más excitante y cuál le desagradaría más?

Melina, tal es su inteligencia, me ha vuelto a descubrir. Se ha vengado escribiéndole una carta a mi madre haciéndose pasar por el Obispo de Tudela. La carta comienza:

“Querida hija, en todos los rebaños hay alguna oveja descarriada…”.

He llamado a Melina:

- Te has pasado, Melina. Mi madre ha tenido que soltar al chico que vino a arreglarnos las persianas, y lleva dos horas de rodillas delante de una imagen de Nuestro Cristo Redentor. Ha quemado su látigo y otras cosas que yo ignoraba que tuviese.

- Tú empezaste- me ha dicho riendo (desde el vientre hasta la boca).

- ¿De dónde sacaste el sello del Obispado de Tudela?

- Del Obispado de Tudela. Uno de sus monaguillos viene mucho al Dingo’s Club, le dije que le dejaría hacerme todo lo que ponía en una carta que me había enviado un coleccionista de libros al que admiro.

- ¿Y le has dejado hacértelo?.

- Tengo que colgar, Felton, o me cerrarán la ferretería y la farmacia.

- ¿¿La FERRETE…??

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